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Resumen del artículo

Conoce de forma breve los principales hallazgos del estudio.

Imagina que una persona lleva varias semanas preocupada porque el dinero no alcanza para comprar alimentos suficientes. Además, se siente sola, no tiene una red de apoyo cercana y ha vivido situaciones de discriminación.

¿Podemos hablar de su salud mental sin tomar en cuenta todo eso?

Con frecuencia explicamos la depresión como si únicamente surgiera de los pensamientos, las emociones o la forma de afrontar los problemas. Sin embargo, las condiciones en las que vivimos también pueden influir profundamente en nuestro bienestar.

Un estudio publicado en 2024 en la revista PLOS Mental Health analizó precisamente esta relación: ¿cómo se conectan la soledad, la alimentación, la vivienda, la discriminación y otras condiciones sociales con la depresión?

La salud mental también depende del contexto

Los investigadores analizaron información de 86,954 personas adultas de Estados Unidos, participantes del programa de investigación All of Us.

Para saber quiénes habían presentado depresión, revisaron la existencia de un diagnóstico de trastorno depresivo mayor en sus expedientes de salud. Después, relacionaron esa información con diferentes aspectos de su vida, entre ellos:

  • Si tenían dificultades para conseguir alimentos.
  • Qué tan solas se sentían.
  • Si habían experimentado discriminación.
  • Las condiciones de su vivienda.
  • Su acceso a servicios de salud.
  • Su nivel educativo e ingresos.
  • Si rentaban o eran propietarias de su vivienda.
  • Las relaciones dentro de su comunidad.
  • Su género, orientación sexual, raza y etnia.

El propósito no era encontrar una única “causa” de la depresión, sino comprender cómo el entorno puede aumentar o disminuir la vulnerabilidad de las personas.

La soledad fue uno de los hallazgos más importantes

De todos los aspectos estudiados, la soledad presentó una de las relaciones más fuertes con la depresión.

Esto no se refiere solamente a vivir sin compañía. Una persona puede estar rodeada de familiares, compañeros de trabajo o contactos en redes sociales y aun así sentirse sola.

La soledad aparece cuando sentimos que no tenemos vínculos cercanos, que nadie nos comprende o que no contamos con alguien a quien recurrir cuando enfrentamos una dificultad.

El estudio encontró que, conforme aumentaba la soledad, también aumentaba considerablemente la presencia de diagnósticos de depresión. Esta relación apareció en todos los grupos estudiados, aunque con algunas diferencias entre hombres, mujeres y personas de las diversidades sexuales y de género.

En otras palabras: sentirnos conectados con otras personas no es un lujo; es una parte importante de nuestra salud.

Cuando conseguir alimentos se vuelve una preocupación constante

La inseguridad alimentaria también se relacionó con una mayor presencia de depresión.

Este concepto no significa únicamente pasar hambre. También puede incluir situaciones como:

  • No saber si habrá suficiente comida para terminar la semana.
  • Reducir las porciones para que alcance.
  • Comprar alimentos de menor calidad por falta de dinero.
  • Saltarse alguna comida.
  • Vivir con la preocupación constante de no poder alimentar a la familia.

Cuando una necesidad tan básica se encuentra amenazada, el cuerpo y la mente pueden permanecer en un estado continuo de preocupación y estrés.

Por eso, decirle a alguien que “piense positivamente” o que “controle sus emociones” resulta insuficiente si todos los días enfrenta condiciones económicas que ponen en riesgo su bienestar.

No todas las personas viven las mismas condiciones

Las mujeres y las personas LGBTQIA2+ presentaron una mayor probabilidad de tener un diagnóstico de depresión que los hombres cisgénero heterosexuales.

Esto no significa que pertenecer a estos grupos provoque depresión. La diferencia puede estar relacionada con experiencias como la discriminación, la violencia, el rechazo, la desigualdad, la presión social o la falta de espacios seguros.

El estudio también encontró una mayor presencia de diagnósticos entre quienes no tenían estudios universitarios y quienes rentaban una vivienda.

Nuevamente, esto no quiere decir que rentar una casa o no estudiar una carrera produzca directamente depresión. Estas condiciones pueden estar relacionadas con otras dificultades, como menor estabilidad económica, incertidumbre, menos oportunidades o mayor exposición al estrés.

Tener menos diagnósticos no siempre significa sufrir menos

Un resultado que requiere especial cuidado fue que las personas asiáticas o asiático-estadounidenses presentaron menos diagnósticos de depresión que las personas blancas.

A primera vista, alguien podría pensar que esta población experimenta menos problemas de salud mental. Pero esa no es la única explicación posible.

El estudio se basó en diagnósticos registrados por los servicios de salud. Si una población tiene menos acceso a atención psicológica o psiquiátrica, utiliza con menor frecuencia estos servicios o enfrenta barreras culturales para solicitar ayuda, también tendrá menos posibilidades de recibir un diagnóstico.

Por eso debemos distinguir entre:

  • Tener menos depresión.
  • Tener menos acceso a una evaluación.
  • Recibir menos diagnósticos.
  • Buscar ayuda con menor frecuencia.

La ausencia de un diagnóstico no siempre significa ausencia de sufrimiento.

Algo parecido puede explicar por qué las personas con seguro médico presentaron más diagnósticos: no necesariamente porque el seguro provoque depresión, sino porque facilita el acceso a profesionales capaces de detectarla.

¿El apoyo de la comunidad siempre protege?

Los investigadores también analizaron la cohesión social, es decir, la confianza, cercanía y disposición de las personas de una comunidad para apoyarse.

Aunque otros estudios han encontrado que esta cohesión puede proteger la salud mental, en esta investigación no apareció como un factor protector general.

Esto puede deberse a que no todas las redes sociales ofrecen el mismo tipo de apoyo. Algunas comunidades pueden brindar compañía y protección, mientras que otras también pueden ejercer presión, vigilancia, rechazo o exigencias sobre sus integrantes.

Por ello, no basta con preguntar si una persona pertenece a una comunidad. También necesitamos saber cómo se siente dentro de ella y qué tipo de relaciones ha construido.

Lo que el estudio no puede afirmar

Los resultados muestran relaciones entre las condiciones sociales y los diagnósticos de depresión, pero no demuestran que una condición sea la causa directa de otra.

Por ejemplo, el estudio no permite afirmar que la soledad siempre produzca depresión. También es posible que una persona con depresión se aísle y, como resultado, experimente mayor soledad. Incluso ambas situaciones pueden alimentarse mutuamente.

Además, la mayoría de las personas participantes eran blancas, de edades mayores, con estudios universitarios y con mejores condiciones económicas que la población general. Por eso, los resultados no representan de la misma manera todas las experiencias, especialmente las de los grupos históricamente marginados.

No todo se resuelve trabajando los pensamientos

Este estudio deja una reflexión fundamental: la salud mental no depende únicamente de la actitud de una persona.

Aprender a identificar emociones, relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos y desarrollar habilidades psicológicas puede ayudarnos. Sin embargo, estas herramientas no eliminan automáticamente la pobreza, la discriminación, la inseguridad alimentaria, la violencia o la falta de acceso a servicios de salud.

Una atención verdaderamente integral necesita trabajar en dos direcciones:

  1. Ayudar a las personas a desarrollar recursos psicológicos y redes de apoyo.
  2. Transformar las condiciones sociales que generan sufrimiento, exclusión e inseguridad.

¿Qué significa esto para las organizaciones?

Aunque la investigación no se realizó específicamente en centros de trabajo, sus hallazgos también pueden ayudarnos a pensar en el bienestar laboral.

Una empresa no puede hablar seriamente de salud mental si, al mismo tiempo, mantiene condiciones de trabajo inseguras, discriminación, violencia laboral, salarios insuficientes o liderazgos que aíslan y silencian a las personas.

Las organizaciones pueden contribuir mediante:

  • Condiciones laborales y remuneraciones dignas.
  • Prevención y atención de la violencia laboral.
  • Políticas reales contra la discriminación.
  • Acceso confidencial a servicios de salud mental.
  • Liderazgos que sepan escuchar y canalizar.
  • Redes de apoyo respetuosas y voluntarias.
  • Evaluación de riesgos psicosociales acompañada de acciones.

Una charla motivacional puede ser útil, pero no sustituye la necesidad de revisar y mejorar las condiciones de trabajo.

La depresión no es una falla personal

Cuando alguien vive con depresión, no necesariamente le falta voluntad, disciplina o una actitud positiva. Su experiencia puede estar relacionada con numerosos factores personales, biológicos, familiares, económicos y sociales.

Comprender esto nos ayuda a dejar de culpar a las personas por su sufrimiento.

La principal enseñanza del estudio es sencilla, pero poderosa: para cuidar la salud mental debemos mirar tanto a la persona como al mundo en el que vive.

No podemos separar completamente las emociones de la soledad, las relaciones, la vivienda, la alimentación, la discriminación o el acceso a oportunidades. La salud mental también se construye —o se deteriora— en nuestra vida cotidiana, nuestras comunidades y las condiciones que compartimos como sociedad.

Referencia

Kammer-Kerwick, M., Cox, K., Purohit, I. y Watkins, S. C. (2024). The role of social determinants of health in mental health: An examination of the moderating effects of race, ethnicity, and gender on depression through the All of Us Research Program dataset. PLOS Mental Health, 1(3), e0000015. https://doi.org/10.1371/journal.pmen.0000015

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